Federación de Libreros de Galicia
PREGÓN FERIA DEL LIBRO DE VIGO PoR XOSÉ CID CABIDO
Es otro día, calculo yo que en primavera, y con certeza a comienzos del otoño del año pasado, ya todos éramos conscientes de que Jesús Vázquez y Ángel Lorenzo, que habían sido nombrados consejero de Educación y secretario de Política Lingüística respectivamente, estaban decididos a cargar contra el idioma gallego y sus hablantes cual unidad panzer contra indefensa aldea polaca. A algunos de nosotros los vino a la memoria aquella frase que acaso había sido pronunciada por un ministro de economía de Margaret Thatcher, cuando ya el desartellamento de la Unión Soviética era un hecho irreversible: «A partir de ahora nadie tiene derecho a nada». O incluso llegamos a visualizar, en una extrapolación aun más exagerada y extemporánea, aquella espantosa imagen del Lawrence de Arabia de David Lean, en la que Peter O’Toole chilla como un loco momentos antes de masacrar una columna de soldados turcos: «¡No hay prisioneros!». Y disculpen que mi falta de formación dramática me impida reproducir esa frase con la furia y crueldad que transmite la interpretación magistral del actor irlandés. Así estaban las cosas en otoño de 2009 y algunos teníamos la impresión de que convenía prepararse lo antes posible para contener aquella brutal ofensiva. Echando mano de los ver métodos de resistencia anti-franquista, tuve la feliz idea de convocar a mis amigos para proponerles una campaña de pintadas en defensa del gallego. La reunión se concertó en un lugar secreto, por supuesto. Creo que era un miércoles, día escogido para evitar toda idea de espallación esmorgativa asociada con el fin de semana. Aun así tuvo éxito. Le pedimos a Jon, el vasco que lleva la Maga, allí en Elduayen, que trajera algo de picar y una botella de Ribera de él Duero. Quizás por militancia con los productos gallegos, hubo quien intentó sin éxito introducir alguna otra opción en la marca y origen del vino. Comenzó la reunión y debo decir que el debate fue un tanto caótico y disperso. Como siempre en estos quesos, alguien propuso hacer plantillas, o sea fabricación de alto nivel, mientras otros defendíamos con empecinamiento a pintada directa, con sprai, rápida y sin complicaciones. La principal dificultad estaba en idear frases expresivas, originales, combativas y no muy largas. Mientras se barajaban diferentes ocurrencias, alguien repetía una y otra vez que la idea más rompedora sería asociarse con no sé que organización de Puerto Rico defensora del castellano frente a la creciente presión del inglés. Supongo que se trataba de una ironía. Otro, probablemente un pintor, proponía reproducir un dibujo, de fasquía un chisco triste, que consistía en una cara con dos lenguas y que iría acompañado de la frase: «A ningún pueblo le imponen su propio idioma», o algo así por el estilo. Que ahora que el pienso, no era tan mala idea. Por supuesto, rematada la primera botella de Ribera en cosa de minutos, pedimos otra, y continuamos intercambiando opiniones. Una de las voces más realistas insistía en que todo cuanto pudiéramos inventar ya había sido hecho mil veces y que las pintadas políticas ya no tenían a estas alturas ninguna repercusión en la opinión pública. Bien, el cierto es que transcurridas las primeras dos horas, decidí tirar la toase la en mi condición de convocante. Las conversas, entonces ya por capillas, habían derivado a otros asuntos y nadie mencionó siquiera de pasada la conveniencia de concretar ningún acuerdo. Salimos a la calle y comenzamos a caminar en dirección a la puerta del Sol. En la entrada del Príncipe, en la pared del edificio de Madariaga, podía leerse una pintada que decía: «Na Galiza em galego». Y hubo quien dijo: Vaya, parece que ya nos cogieron la delantera. Y yo quedé pensativo: ¡una pintada a favor del gallego pero hecha en portugués, que raro! Luego iríamos encontrando esa misma frase reproducida por distintas calles de la ciudad. En los meses sucesivos los acontecimientos siguieron el curso que todos conocemos. La actual administración de la Xunta realizó encuestas malogradas sobre las lenguas a emplear en distintos niveles de enseñanza, y hizo circular propuestas descabelladas pero siempre con un objetivo bien claro: reducir la presencia del idioma gallego en el sistema educativo al menor descuido expresión imaginable, actuando con descaro y prepotencia en contra del parecer de la mayoría de la población. Intención que se plasmó en el cínico y nefasto Decreto de Plurilingüísmo. En algún momento que no puedo precisar, la finales de 2009, reparé en la aparición de pintadas sin mensaje explícito, que consistían sólo en una cifra: 26.945. Recuerdo haberlas visto en varios lugares, por todo Vigo, más llamativas aunque aquellas otras de «Na Galiza em galego». No tenía datos suficientes para interpretar su significado, así que, como diría cualquiera de mis amigos profesores de filosofía, mantuve todo juicio en suspensión. El libro, en palabras del editor Luis Marino, antes que nada es un objeto. Tiene forma, peso, color, textura y por supuesto olor. Si mal no recuerdo, en la película Sexo en Nueva York hay una escena en que la protagonista, Sarah Jessica Parker, se mete en la cama con un picardías rosa de seda natural, un collar de perlas (sorprendente) y un libro procedente de alguna biblioteca pública (más sorprendente). Mientras Jessica Parker se acomoda con mucha elegancia en la cama y habla con el suyo macro-novio (el actor Chris Noth), un no puede evitar preguntarse de que va el libro que tiene en las manos. Pronto descubrimos que se trata de una recopilación de cartas de amor de hombres ilustres (Napoleón, Mark Twain, Oscar Wilde, Flaubert, Mozart, Beethoven, Lord Byron...), pues la situación culmina, obviamente, con la lectura que hace Jessica Parker de una de esas cartas, concretamente una -ahora famosa- escritura por Beethoven. Como consecuencia de esa breve escena, trala estrena de Sexo en Nueva York las librerías de estados Unidos e Inglaterra recibieron cientos de peticiones de este libro... un libro que en realidad no existía. Por lo menos no exactamente con el incluso título. Y que finalmente la firma Pan Macmillan decidió editar para beneficiarse de la publicidad asociada con la película. Es decir, que para empezar un libro es un objeto que atrae nuestra atención, que excita nuestra curiosidad, incluso antes de conocer su contenido. Motivo por el cual algunas personas no soportamos la tentación de comprobar cuál es el título del libro que alguien esta a leer en una sala de espera, en un tren o en cualquiera parte. Pues bien, últimamente, con la llegada del soporte digital o ebook, existe una creciente preocupación en determinados sectores de la industria y comercio tradicional del libro. Una preocupación que considero infundada, por lo menos en parte. Y ya que hablamos de la forma digital entendida como una posible competencia con el libro en papel, apunto una curiosidad: el primer programa de libros digitales fue registrado por el poeta y filosofo estadounidense de origen colombiano Zahur Klemath Zapata en 1993, y la primera obra publicada en ese medio fue Del asesinato considerado cómo una de las bellas artes de Thomas de Quincey, que al parecer se pronuncia «Qüinsi». Hace dos semanas hablaba de esto precisamente es escritor Miguel Ángel Murado en un artículo de prensa. En el tono relativizador que lo caracteriza, afirmaba: «Los soportes de libros digitales, que iban a ser el regalo estrella del pasado Nadal, están detestados en los escaparates de los grandes almacenes, con cara de desempleados de larga duración. En la Feria del Libro en Madrid y en Fránkfurt, donde también se decía que iban a triunfar, no se les vio el pelo, ya por tercero año consecutivo; y el gigante de Internet Amazon no para de perder dinero a centenas con su instrumento de leer. Ahora incluso, los libros electrónicos no suponen más de un 3% del mercado del libro en los Estados Unidos y menos del 2% en España.» No sé si, a la velocidad en que se actualiza el mercado en estos tiempos, esos porcentajes representan un éxito después de transcurridas case dos décadas. Sobre todo se las comparamos con la fulminante y ya irreversible implantación de los teléfonos móviles. Pero los procesos de cambio cultural prolongados en el tiempo no son nada extraordinario. Por ejemplo, siempre se sostuvo por parte de los especialistas que la lectura silenciosa había sido práctica surgida en los monasterios en el alta edad media, pues tomaban como orientación el libro VI de las Confesiones donde Agustino de Hipona, más conocido cómo sano Agustino, refiere su estupefacción al sorprender a un tal Ambrosio (luego ascendido también a santo) recorriendo con los ojos el texto de un libro «sin proferir palaviruta ni mover la lengua». Mas, rompiendo con esa creencia, en la Vida de Sócrates de Antonio Tovar publicado en 1947, se cuenta que un joven ateniense llamado Eutidemo tenía costumbre de cerrarse en su casa para leer en solitario y cultivarse prescindiendo de las lecciones de los sofistas y de la transmisión oral de sabiduría. Cito la Tovar: «Sócrates aprovechó la primera ocasión para señalar en presencia del hermoso mancebo Eutidemo que tanto para aprender cualquier oficio como para dirigir una ciudad era necesaria la doctrina de los mejores maestros (...). Sócrates veía en los libros “él, no escritor, sino predicador” un enemigo peligroso, que le daría al saber demasiada certeza y favorecería el aislamiento, la ciencia aprendida en una esquina, y, por consiguiente, el envaidecimiento y orgullo solitario.» Pero este comentario puede tener una interpretación ambigua, pues cerrarse para leer sólo no implica necesariamente hacerlo en silencio. En la Las atiene del siglo V la.e. quizás se consideraba una extravagancia a lectura en solitario, pero había quien la practicaba, como vino a demostrar el artículo del helenista inglés Bernard Knox publicado en 1968, La lectura silenciosa en la Antigüedad, donde hace referencia a dos obras dramáticas: una el Hipólito de Eurípides, tragedia escrita alrededor del 428 la.y., y otra Los caballeros de Aristófanes, pieza satírica del 424 la.e. En ambos las dos aparecen pasajes en las que se menciona la lectura individual y silenciosa. Ahora bien, en realidad, sería sólo a partir de los siglos XVI y XVII, la aparición de la imprenta, cuando se multiplicó la producción de libros y estos comenzaron a ser accesibles para un público más amplio, lo que traería como consecuencia inevitable a práctica habitual de la lectura tal como la conocemos hoy. Semeja claro que los cambios en la forma, fabricación y utilización del libro al largo de la historia no se produjeron de manera brusca y repentina. La pregunta que cabe hacerse es la siguiente: ¿cuánto va a tardar un director de cine en hacer que Jessica Parker, o cualquiera otra actriz de comedias románticas, se vea en la tesitura de ir para cama con un colar de perlas, un picardías satinado rosa y un aparato informático en la mano, decidida a leer cartas de amor escritas por Beethoven para estimular una conversación con su chico sobre el matrimonio? Por cierto, la escena no sería exactamente a misma, puesto que en la original Jessica Parker, juraría yo, hace el gesto de acercar el libro a la cara para disfrutar de su arrecendo. Veamos algunos casos semejantes en la adaptación de las costumbres como consecuencia de un cambio en la producción de objetos de consumo: Por ejemplo, la reciente aparición en el mercado de los coches eléctricos, a los que han de suceder probablemente los coches de hidrógeno, no parece que vayan a conseguir la desaparición pongo por caso de las bicicletas, que llevan desde 1885 sin sufrir modificaciones relevantes. Por ejemplo, después de múltiples e ingeniosos esfuerzos por parte de la industria más sofisticada que abastece el mercado de las ópticas, cientos de millones de personas nos resistimos en todo el mundo a utilizar lentillas y ya no digamos a dejarnos levantar la córnea para llevar a cabo una operación de discutibles resultados, de manera que seguiremos gastando gafas normales con total naturalidad. Por ejemplo, después de inventarse materiales de todo tipo, con poliuretano y formatos novedosos como el llamado sandwich, que si popularizaron con la moda del famoso andar bajo cubierta, va quedando demostrado que desnudo en casa la estructura del tejado a cuatro aguas y los materiales propios de la arquitectura tradicional son los que mejor cumplen la función de regulador térmico, especialmente se aceptamos que el espacio de un desván sólo tiene utilidad como rocho para guardar tarecos y nunca será útil para vivir en él las personas. Por ejemplo, en su día se gastó mucha tinta en divulgar un instrumento informático denominado CD-Rom que hoy, ya olvidado por completo, nadie podría defender y que jamás llegó a tener ninguna utilidad práctica. Y así podríamos enumerar muchos otros casos en los que se hace evidente a tensión ficticia en el mercado entre lo que se necesita de verdad y lo que algunos fabricantes se empeñan en vendernos como signo imprescindible de modernidad. Espantados por lo menos en parte los fantasmas que amenazan el libro clásico, quizás podamos retomar la cuestión de nuestro idioma y las iniciativas políticas en contra de su normalización. Esto sería cómo decir el segundo escalón, pues un libro es un objeto que contiene un texto basado en un código de signos que nos transmite un contenido. A pesar de leer la prensa con relativa frecuencia y considerable atención, no recuerdo ninguna noticia nos últimos meses que hiciera referencia al significado de la enigmática cifra 26.945, que había aparecido como dije desde finales de 2009 en las paredes de Vigo y, por lo que luego supe, también de otras ciudades gallegas. Finalmente una persona de confianza me puso en la pista correcta. Busqué la información en internet y descubrí que la organización Juventud por la Lengua había hecho público el pasado 15 de abril un comunicado explicando la intención de esa campaña de pintadas: al parecer, 26.945 es el número aproximado de gallego hablantes que se pierden cada año. Una información poco alentadora, desde luego, y difícil de contrastar. Más edificante sería, pongo por caso, divulgar las docenas de millares de personas que cada año toman la decisión de recuperar el uso social de su lengua materna o sumarse como neo-hablantes a pesar de recibir el gallego tratamiento de lengua ajena en la enseñanza y ser por completo ignorado con soberbia en los principales me los dice de comunicación del país. En cualquiera caso, yo confío plenamente en la lucidez del conjunto del pueblo gallego para rechazar las voces mezquinas que nos quieren arrastrar cara el suicidio cultural, confío en la fortaleza histórica del pueblo gallego para vencer los atrancos impuestos y hacerse visible en el mundo con dignidad. En los próximos años y décadas, una cantidad creciente de libros en cualquiera soporte seguirán agarrando de millares de palabras escritas en la misma lengua que emplearon los autores de las cantigas medievales, la misma lengua por la que nos manifestamos en Santiago este pasado 17 de Mayo, y éramos multitud, la misma lengua en la que esta noche intercambiaremos alegres diviertas con los amigos por las calles y plazas de Vigo, la misma lengua en que Novoneyra escribió hay más de medio siglo, estos versos: Neva no bico do cume neva xa pola ladeira neva no teito e na eira. ... ... ... Eu a ollar para o lume i o lume a ollarme. O lume sen queimarme fai de min fume... Vigo, 2 de julio de 2010 X.C.C
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El Libro Gallego
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